
La distinción sobre lo que atañe a la ciencia política, esa línea antes vista como extensísima entre lo público y lo privado, hoy se nos presenta tan frágil como el hilo de aquellas faldas producidas en masa, como el hilo que suelto, al ser halado para quebrar, implica la pérdida de la pieza entera.
Lunes 7 de septiembre. Lunes feriado después de una semana errática debido al paro en la UPR y la tormenta Erika. En busca de entretenimiento acudí al cine con mis padres (práctica que de seguro el estado paternalista, moral y religioso aprobaría en tanto reflejo de la aclamada unión familiar). Me siento entre picadera y picadera y en los cortos previos a la película surge en la gran pantalla un anuncio del departamento de la familia, institución que surge para…. Eran imágenes de “hombres puertorriqueños”. Las letras y la voz de fondo repetían dos palabras, respeto y fidelidad. Me llamó la atención el mensaje y como muchos estudiantes que nos encontramos en un proceso de desarrollo de nuevas maneras de ver el mundo, me siento tal cual investigador en laboratorio presenciando todo un discurso tomar forma frente a mis ojos; las imágenes que se nos presentaban a todos los que a la 1:55pm de ese lunes estábamos sentados en aquellas salas de cine.
Frente a mi, imágenes de lo que me pareció en un inicio incomprensible, pero que al mirar a mi alrededor, observo, despertó reacciones de aprobación cobrando un nuevo significado. ¿Qué hace el departamento de la familia en la pantalla.. qué campaña trabajaban? Creo que hubo un intento de elaborar otra campaña en contra de la violencia doméstica. Resulta que aparte de mi posición respecto a, y/o solidaridad con la educación cívica de un pueblo. La importancia que entiendo tiene, el hacer valer el aspecto público de la violencia doméstica y la revalorización de lo que implica el asesinato de una mujer por su pareja, en el entorno de un pueblo que sufre de terrible discrimen por género. Creo que hay un mal apenas reconocido asediando nuestras vidas domesticadas. Puerto Rico vive hoy un escenario para pelos. Valiéndose de la supuesta unanimidad y la homogeneidad de la población (ilusión óptica patrocinada por múltiples discursos, incluso los discursos de nuestra supuesta izquierda) respecto a la moral puertorriqueña. Frente a mi se hablaba de fidelidad. ¿Es en la mente del pueblo la fidelidad un aspecto importante?, pues tal vez lo es… Pero, qué implica que un estado que se fundamenta en una concepción de los derechos civiles de primera y segunda generación(valga añadir derechos socioeconómicos que con mucho trabajo se filtraron en la confección , edición y reedición de la constitución del ELA), donde las libertades individuales son valuarte del sistema político y primera limitación al estado, se me plantea la fidelidad, harto religiosa, enmascarada como promoción en contra de la violencia doméstica. La fidelidad es hoy promovida por el estado.
Entiendo que el uso de promociones estatales es significativo e importante en un momento en el cual los medios de comunicación nos permiten acercarnos a los problemas públicos que nos atañen a todos, en tanto sujetos que habitan este espacio. Mi pregunta y mi desconcierto es sobre si el rol del estado puede ser el de fomentar valores religiosos envestidos de moral hegemónica rigente de la vida y obra de cada sujeto que habita esta isla. Fidelidad, vuelvo y leo, vuelvo a escuchar. Al final del anuncio miro a mi alrededor en la oscuridad de la sala del cine, sospechando un gesto de aprobación de quien se sentaba a mi lado.
Y veo un pueblo asintiendo a lo que construyo (en esos breves instantes) como emblema de una de las mayores intromisiones que he presenciado en mi vida. Es sabido que la práctica matrimonial de la isla esta íntimamente relacionada con su amantísima concubina religiosa, la iglesia. El juez sustituye al sacerdote o pastor… y hoy la pantalla sustituye aquellas clases de catecismo que tuve que tomar para mi primera comunión.
En un contexto convulsivo, donde parece que se ve cada vez más lejos la idea de la separación de iglesia y estado, tan resonada. Parecemos olvidar que el consentimiento de una mayoría no implica democracia sin su contraparte, el respeto a la individualidad (¿la inadecuación en si misma?). Evidentemente hay de mi parte un reconocimiento a este especial aspecto característico de la democracia. Pero es al servicio de esta utopía que hemos arreglado todo el sistema político en el cual vivimos. Me parece especialmente significativo señalar que en Puerto Rico estamos dirigiéndonos con un paso constante y a veces, en apariencia acelerado, hacia un abandono de los derechos individuales.
Replantearnos la importancia de la libertad para vivir, tal cual deseamos, en un espacio de tolerancia con vistas a aceptación de todo lo diferente. Tenemos un gran trabajo frente a nuestras manos, cuesta arriba como él solo; el de revalorar aquellos derechos individuales al que los conservadores se agarran como clavo caliente frente a la versión más reciente de lo que constituye una visión integrativa de los derechos civiles/socioeconómicos. Respetados solo en tanto sean utilizados para la acumulación de capital sin control estatal, estos derechos hoy se ven descuartizados y moribundos en cada asentimiento en esta sala de cine. Me pregunto entonces si seré la única que lo ve de esta manera. Y me siento sumergir en un pozo cada vez más profundo, sensación que inunda a todos los que en algún momento hemos visto estos discursos recrearse una y otra vez frente a nuestros ojos. ¿Estamos solos? Y retomando aquella frase de las luchas feministas de primera generación, “personal is political”, hago un llamado a hacer un asunto político el respeto a lo personal, un llamado enmarcado en un graffiti en una de las calles de Buenos Aires, que leía “ no a la heterosexualidad obligatoria”, y por un Puerto Rico donde los estilos de vida de cada cual sean respetados. Que no queden silenciados por la abrumadora mayoría que hoy intenta dejar bajo su estremecedora sombra a todos los que deciden por estilos de vida alternativos. Y le recuerdo a aquellos que lo olvidaron por un segundo: la fidelidad es un estilo de vida más. Digo ahora “no a la fidelidad obligatoria” y “no a la moral de la mayoría”.
Milagros López Gerena

