
En el mes de septiembre abrió sus puertas en el Museo de Historia Antropología y Arte de la Universidad de Puerto Rico la exhibición titulada Colección José Trias Monge: Un legado para la Universidad curada por Teresa Tió, ex directora del Instituto de Cultura Puertorriqueña. La misma está compuesta por veinticinco de las treinta y nueve obras que el jurista donó a la universidad. Algunos de los artistas que están en la muestra lo son Angel Botello, con dos obras, Luis Germán Cajigas, Augusto Marín, también con dos obras, Ramón Frade, Francisco Rodón, David Alfaro Siqueiros y Julio Rosado del Valle con doce obras, sí ¡12!

Teresa Tió junto a la obra El Paricutín al Amanecer de de Gerardo Murillo
Al recorrer la sala nos da la impresión de que Trias Monge tenía decorada su oficina o su casa de color marrón, y es que la mayoría de las obras se ubican en esa paleta de colores y en un ámbito decorativo. Contrario a lo que la curadora expresó en el recorrido ofrecido el 21 de octubre, nos parece que la colección Trias Monge es una conservadora de corte modernista. Es evidente que el principal propósito para armar esta exhibición es estimular la filantropía, motivar a futuros donantes para que leguen su colección al museo. El hacer este sacrificio de espacio para otras exhibiciones, en pos de allegar futuras donaciones sería perdonable si se tratara de un museo con múltiples salas o con una colección reducida. Pero ninguno de estos dos factores son una realidad en el Museo de Historia Antropología y Arte de la Universidad de Puerto Rico, el cual cuenta con una sola sala de exhibición mientras posee una vasta colección de obras de arte, artefactos antropológicos y documentos históricos, lo que representa una fuerte responsabilidad al momento de seleccionar qué se va a mostrar.

Dibujo de Julio Rosado del Valle
Aún así, una buena propuesta curatorial pudo haber salvado el día. Tal vez el jugar con la idea del arte como decoración en el entorno de la élite académica de mitad de siglo en lugar de ignorar esta realidad hubiese sido una buena salida. Otra buena salida hubiese sido analizar las obras en el contexto del discurso cultural del Estado Libre Asociado y su relación con el donante quien es uno de uno de los creadores de nuestro modelo de gobierno. Pero claro, no podemos esperar ideas frescas y atrevidas invitando a curadores conservadores, que no les interesa cuestionar la importancia de los artistas tradicionales y basan sus observaciones sobre las obras en análisis formales y de provenance en lugar de observaciones complejas.
Los museos de las universidades deben ser laboratorios para el surgimiento de nuevas ideas, espacios que propicien la creación y divulgación de conocimiento. Es por esto que cada vez encontramos más decepcionante el Museo de Historia, Antropología y Arte de la Universidad de Puerto Rico. Esta institución que en el pasado era conocida por su arrojo al adquirir y exhibir piezas, al punto tal que cuando adquirió la escultura Birmingham de Rafael Ferrer fue blanco de protestas por haber comprado “chatarra”, en los últimos años se ha vuelto harto conservador en sus propuestas curatoriales. Irónicamente esto es así aún cuando es el museo con la definición más amplia en el país y con uno de los depósitos más poblados que le permitiría, por ejemplo, explorar las fronteras entre la antropología, la historia y el arte, entre otros acercamientos interesantes a su vasta colección. No es que descartemos de plano los acercamientos tradicionales, si no que el limitado espacio del museo de la universidad no debería su albergue.

Karla Marie Ostolaza

